miércoles, 27 de mayo de 2015

Hablando con una experta



Entrevista a Mª Pilar Alonso, Doctora en Humanidades y profesora de Historia del Arte en la Universidad de Burgos. Alonso es además directora de la Intensive School on Conservation Science en España e investigadora del patrimonio burgalés y las vidrieras.

¿Qué opina a cerca de pagar para visitar sitios como la Catedral de Burgos?
Considero que está bien pagar por este tipo de visitas, ya que el 60% o 70% del dinero de la entrada se utiliza para la conservación del patrimonio. Si se requiere una restauración muy intensa se piden ayudas más consistentes, pero mientras tanto se utiliza el dinero obtenido con este turismo.

¿Recuerda su primera visita a la Capilla de los Condestables? ¿Qué fue lo que más le impactó de esta?
Sí, de niña, y lo que más me impactó fue su tamaño, lo grande que era. Lo que más me llamó la atención fue el porqué estaban ellos en medio y esas piedras tan grandes. Ahora ya lo sé (ríe), que estén en el centro significa que es el lugar de máximo honor, se colocaba allí, y si es posible también justo debajo de la bóveda.

Como experta en el tema artístico, ¿qué destacaría como lo más valioso de la Capilla?
¡Buf, todo! (ríe). Primero, arquitectónicamente, el cómo hicieron para meter los bloques de piedra dentro. Después, el descubrimiento  por primera vez del espacio único. No hay ninguna columna en medio que estorbe la visión, es un espacio diáfano. Tercero, el descubrimiento de cómo repartir los pesos de la obra. Las bóvedas son como “un paraguas”, bueno esto lo digo yo para simplificar y que se entienda (ríe). Había cierta competición entre las catedrales, por ver qué era más importante, si las varillas o las telas. Burgos estaba haciendo experimentos de cómo hacer esa bóveda sin que estuviera recubierta de piedra, querían poner vidrio. La capilla del Condestable es la primera bóveda que se hace con tanta cantidad de vidrio. Los palillos en los que se apoya la bóveda, hasta ahora eran columnas, en esta capilla no hay columnas, aquí los “nervios” se cruzan para anular las fuerzas antes de llegar a los muros, así podían poner luego las vidrieras. Todo esto de arquitectura. Luego de escultura, la mezcla de dos estilos diferentes, el arte renacentista y el del último gótico. En cuanto a las vidrieras, Burgos está muy avanzado, se consigue el amarillo, que antes no lo hacían en el gótico. Y por último, y como curiosidad también, destacar que fue Doña Mencía quién se dedicó a supervisar las obras.

¿Se ha encontrado alguna vez una Capilla parecida a esta o es notable su influencia en otros edificios religiosos?
Se inspiró, en cuanto a la localización, en la capilla de Santiago de la Catedral de Toledo, algo parecido había hecho Don Álvaro de Luna. Tiene algunos antecedentes como la Capilla de la visitación, que es la primera capilla en la catedral que se intenta hacer con bóveda calada y unir una capilla con otra, pero sin conseguirlo bien, ya que ponen dos estribos para sujetar. Mencía se inspira en eso, pero lo supera.

Se inspira también en la capilla de Santa Ana, sobre todo en los nervios con decoración, los pináculos y los arcos con cabezas.

En la capilla del Condestable hay unas cabezas, al lado del trifolio, que pretenden representar la idea de la muerte, porque es una capilla funeraria. Mencía va a hacer mucho hincapié en eso, en el hecho de que el tiempo pasa, y en los tres tiempos; pasado, presente futuro. Hay muchas caras que representan a todos los estratos de la sociedad. Hay cabezas que tienen dos caras representando el pasado y el presente, y las de tres representando pasado presente y futuro. Esa es la firma de Simón de Colonia, cenefas con cabezas.

También tiene semejanza con otros artistas, como sol radiante de san Bernardino o las aspas de San Andrés.

¿Qué simbolizan los escudos de los Condestables?
Los escudos de los condestables simbolizan sus armas: quisieron hacer una exaltación de su linaje, los han colocado tanto fuera como dentro, normalmente solo se ponía en uno de los dos sitios. Dentro están inclinados mirando hacia el altar mayor en señal de adoración perpetua. Las armas de la familia, dentro de ellas, él tiene un penacho con un león, el león tiene un triple significado para aquella época, significa a la realeza, también la valentía y el valor (él era soldado), y también al ser una capilla funeraria, al león se le identifica con la resurrección. Armas valentía y el lema “un buen morir honra toda la vida”. En el caso de ella, representa un pegaso, símbolo de la inteligencia, al ser hija de marqués de Santillana, sabía leer y escribir, era una mujer muy culta y fue la supervisora, su lema era “todo pasa menos amar a Dios”.

¿Alguna curiosidad a destacar de la Capilla?
Toda ella está hecha en simbolismo de la luz. Las ventanas están abiertas estratégicamente en los muros para que esté iluminada (desde que sale el sol hasta que se oculta) y las vidrieras a través de las cuales entra la luz. Utiliza el sol y la luz como símbolo de la presencia de Dios y la Purificación.

¿Qué puede decir de las vidrieras?
Las hace Arnau de Flandes venido exprofeso de allí para hacerlas y en vez de instalar su taller en Ávila o Palencia que es donde tenía más vidrieras, se instala aquí junto con su hijo. Están hechas en el último estilo hispano flamenco. Al volar el castillo, la onda expansiva de la explosión hizo que las vidrieras se cayeran y se perdieran casi todas. Sobrevivieron fragmentos, y las lagunas se reconstruyeron en el siglo XIX. El 60% de lo que vemos de ellas es original.


Burgos va a ser el foco del origen de todas las vidrieras (comienza en el siglo XII con Alfonso VIII). El Monasterio de las Huelgas es el primer sitio de Castilla donde se hacen, luego la Catedral de León y luego la de Burgos. Se van haciendo otras vidrieras según a medida que se construyen otras catedrales con la reconquista hacia el sur. Una vez construidas, el arte de la vidriera decae. Burgos hasta el siglo XVI será el foco de fabricación de las demás catedrales. Foco principal y el último, en el siglo XVI empiezan a gustar las vidrieras más traslúcidas (antes eran más oscuras). Se empezaron a retirar las vidrieras hasta el siglo XIX cuando resurgen. 

martes, 26 de mayo de 2015

Ladrando de arte

Perro a los pies de Doña Mencía (sepulcro de los Condestables)
¡Guau, no sabéis que vistas tengo desde aquí! Llevo un montón de años en este sitio tumbado, pero la verdad es que no me canso de contemplar tanto arte. Si no recuerdo mal llevo 523 años aquí junto a mis amos, ellos,  D. Pedro Fernández de Velasco y su esposa Dña. Mencía de Mendoza, me ignoran un poco, no son muy habladores, pero a mí con las vistas me sobra. Tan solo estoy aquí para mostrar la fidelidad de ella a él, pero no me quejo, el lugar es como un paraíso, no lo cambiaría por nada.

No os engañéis, también echo de menos mi otra vida, pero esa nunca la recuperaré. Yo tan solo era una matita de pelo con cuatro patas que casi no se separaban del suelo, cuando vivíamos los tres en el Castillo de los Velasco, en Medina de Pomar, lo que ahora conocéis como “el Alcázar de los Condestables de Castilla”. Allí pasé mis tiempos de cachorro, aunque a decir verdad, donde más disfruté fue en la finca de recreo, Casa La Vega, nunca llegamos a vivir allí, pero pasé los mejores momentos acompañando a mi amo a ir de caza. Aquello era muy especial para mí, ya que él casi nunca estaba por casa. No sé a quién se le ocurrió la genial idea de derrumbarla en 2003, pero os aseguro que mentiría si dijese que no le guardo rencor. Cuando ya empezaban a salirme la primera canas, nos mudamos a la Casa del Cordón, cuya construcción fue encargada por Pedro a Juan de Colonia, el cual se ayudó de su hijo Simón. Aunque fuera nuestra, esta casa siempre estaba disponible para el rey cuando la necesitase. No quiero aburriros con mi vida, pero ¿no os resulta interesante saber que los Colonia construyeron tanto mi hogar como parte de la Capilla donde nos encontramos ahora? 

Sepulcro de los Condestables
Dejadme que os cuente el principio de esto, que por aquí pasan muchos turistas pero poco les importan mis ladridos para sus fotos. El primer recuerdo que conservo de mi vida aquí dentro, es el día en el que me trajeron. Fallecida mi dueña allá por el año 1500, ocho años después que mi amo, que en paz descansen los dos, ya habían terminado de construir gran parte de este Sancta Sactorum en la catedral, ¡e incluso de esculpirles! qué barbaridad, ¿no creéis? Doña Mencía pudo verse retratada en mármol y saber cómo la veríais todos como hacéis ahora. Puede que Juan de Lugano fuera un gran escultor, no lo niego, pero mis amos no llevaban esas pintas tan estrambóticas en vida, los ropajes que les ha puesto parecen más influenciados por el interés del nieto de mi dueño (que fue quién lo encargó), que por la apariencia que realmente tenían. Pero bueno, yo soy el último que debería quejarse de eso, no hay mejor cama que el pomposo manto de mi ama, y además, mientras yo guarde el recuerdo de cómo eran y vestían, el resto no importa, además, imagino que les vistieron así para que pudierais haceros a la idea del estatus que tenían en su época.

Me estoy yendo totalmente por las ramas, lo siento, no estoy muy acostumbrado a que me presten tanta atención, al fin y al cabo, soy lo menos impresionante de esta capilla. Volviendo a donde me quedé, el día que me trajeron aquí, la sensación de chucho insignificante no podría ser mayor. Todo parecía enorme a mis sentidos, silencio sepulcral, intenso aroma a incienso… y ante mis pequeños ojos, la inmensa portada de la Capilla. He de reconocer que en un primer momento me asusté, los tenantes que sujetaban el escudo de los Condestables fue lo único que me tranquilizó al ser más familiar, pero el resto, esas rejas imponentes decoradas con frisos, las columnas de alta basa y aquellos salvajes sosteniendo otros escudos… todo el conjunto tan solo parecía el gran candado de mi libertad. Eso sí, todo hay que decirlo, por aquel momento yo aún era un ingrato redomado incapaz de valorar tanto y tan bueno, ahora mismo estar en este lugar no es antónimo de mi libertad. Hoy soy incapaz de  culpar a Cristóbal de Andino por construir semejante puerta, que no pretende significar otra cosa más que grandiosidad de lo que encierra dentro, a grandes tesoros, grandes cofres.

Escena principal del Altar Mayor (Capilla Condestables)
Calvario sobre el Altar Mayor (Capilla Condestables)
Una vez dentro de la Capilla, no pude controlar mi mirada, mis ojos no respondían, se posaron directamente sobre el Altar Mayor. Maaaadre mía, no sé si a vosotros os ha pasado lo mismo al verlo por primera vez, pero lo que se cruzó por mi mente en aquel momento fue un pensamiento que trataba de convencerme a mí mismo de que aquello estaba hecho con manos humanas. Nunca he estado en el cielo, pero si hubiera arte allí arriba, este altar sin duda pertenecería a las nubes. Si alguien menosprecia el valor artístico de Vigarny, Diego de Siloé o el pintor León Picardo, que venga a ver esto y lo repita. Lo primero que me cautivó fueron las escenas que representaban esas figuras hermosas. Contemplé durante un largo rato La purificación de la Virgen y Presentación de Jesús, los minutos y las horas parecían insuficientes para dejar de asombrarse ante tanta belleza. Cuando di por terminado el vistazo de esa escena principal del altar, que en absoluto lo estaba, antes que los tres pasos de la pasión; el Cristo atado a la columna, el Jesús con la cruz a cuestas o la figura del de la Iglesia Cristiana, mi mirada se vio encaprichada de mirar más alto, topándose con el Calvario. Cristo sangrante y desnudo en primer plano, a sus lados los dos ladrones y detrás de estos, un precioso fondo con un predominante azul que junto con la perspectiva creada por el arco de decoración angrelada, parecía que aquella parte realmente estaba viva y casi  hasta se escapaba de allí. En mi idioma solo puedo decir “guau”, y creo que lo describe bastante bien.

Bóveda calada (Capilla Condestables)
Os veo muy atentos, yo podría pasarme la vida explicando todo esto y no me aburriría. ¿Veis eso de ahí arriba? Es la primera bóveda de plementería calada construida dentro del gótico. Y sí, he dicho primera, nunca antes se había conseguido incluir tal cantidad de vidrio en una bóveda sin que se cayese, y además no hay ninguna columna que sujete la estructura, todo esto es un enooorme espacio abierto. Bueno, yo lo sé porque llevo muchos años viviendo aquí, pero quizás vosotros no entendéis de qué os estoy hablando. Hablo de ese “techo” tan maravilloso, que gracias a sus características que permite el paso de la luz, puedo saber si es de día, de noche o si está nublado, es genial, sobretodo porque nunca estoy a oscuras. No sé si habréis entrado alguna vez aquí en verano, cuando el sol está alto y sus rayos se cuelan entre la bóveda y las vidrieras, es impresionante, es lo único que me hace sentir algo más libre aquí dentro, crea la sensación de estar fuera y no ser un sitio cerrado. Creo que si algún día vuelvo a ver a Simón de Colonia, es lo primero que le agradecería de su obra. Y las vidrieras… ¡qué vidrieras!, rojos, azules, verdes… y ¡hasta amarillo! ya me contaréis cuantas vidrieras habéis visto con ese color, tiene unos tonos que dan vida a este espacio, qué maravilla, no se cansa uno de mirarlos. 

Figura del Retablo de Santa Ana
Mirar hacia arriba también tiene sus inconvenientes, que el cuello se me cansa, y lo que tengo alrededor también merece la pena ser contemplado. No os voy a mentir, los dos retablos, el de San Pedro y el de Santa Ana no me llamaron tanto la atención como lo hizo el Altar Mayor, pero no por ello he de quitarles importancia, ¿qué perro sería yo si no os ladrara también de ellos? Uno que lleva casi toda su vida aquí dentro no, desde luego. Ahora mismo, sin alardear demasiado, me siento como el mejor guía turístico para esta Capilla, y si no soy el mejor, al menos sí seré el único de mi especie. Bueno, a lo que iba, el Altar de Santa Ana, también llamado “de la Quinta Angustia”, se encuentra allí, un poco escondido, situado en el muro de la Epístola. Este, como veis, está dividido en tres cuerpos. Podemos ver ángeles femeninos, que por cierto no soy muy comunes de ver y a mí me encantan, y algunas otras estatuas como María Magdalena y Santa Marina, hay otra que nunca supe quién es, pero espero que algún día alguien sea capaz de matar mi intriga y lo descubra. Todo esto es obra de Gil de Siloé. Bueno no, ¿qué ladro?, desgraciadamente este murió sin poder acabarlo, y entonces su hijo Diego lo terminó en su lugar. Nunca dejarán de maravillarme este tipo de trabajos artísticos que se completan entre padres e hijos, tanto el suyo como el de Simón y Juan de Colonia, realmente se puede decir que el arte lo aprendieron de sus padres.

El Altar de San Pedro en el muro del Evangelio, al igual que el Altar Mayor, es trabajo de Felipe de Vigarny y Diego de Siloé, acompañados de la pintura de León Picardo. La paciencia que debieron de tener para hacer todo esto debió de ser impresionante. De esta obra, pese a no ser mi favorita, lo que más me gustó, y me sigue gustando, fueron las columnas dóricas y jónicas que sostienen la estructura. Aunque también he de añadir que es cierto que cada figura es un mundo, están hechas al detalle y se puede percibir a la perfección desde las arrugas de las ropas hasta las expresiones faciales. Son figuras idealizadas que se acercan mucho a la realidad, pero tampoco son plenamente fieles, eso sí, no son estatuas rígidas, estas podría decirse que “posan” para el escultor, son sus posturas las que las acercan más a la realidad.

Madera, la poca madera que se puede ver se encuentra en el coro y el órgano que se sitúa encima de este. No es de lo más destacado de este sitio, pero es curioso, porque durante los años en los que se decía misa aquí, la capilla se encontraba llena de bancos, y siempre los asientos y respaldos de la sillería del coro, eran los favoritos para sentarse de todo niño que entrase, los hermanos hasta se peleaban por conseguir uno de esos asientos taraceados de boj. No sé qué obsesión tenían con ellos, a mí nunca me parecieron cómodos, como ya os he dicho, lo mejor es este manto en el que estoy, nadie puede quitármelo y tengo las mejores vistas de todo el lugar.

No tratéis de ocultármelo, huelo vuestro aburrimiento, y os entiendo perfectamente, no sé como no me habéis puesto un bozal. Dejad de escucharme y mirarme a mí, ¡abrid los ojos y mirad a vuestro alrededor!

¿Capilla de los Conde... qué?

La famosa Catedral de Burgos estuvo abierta a todo el público hasta el año 2002 donde cerró su puerta principal abriéndola solo con entrada de pago. Este cambio provocó una división dentro del monumento histórico, el cual, queda ahora separado en dos, la parte “gratuita y de culto”, donde se encuentran las dos capillas a las que acuden los fieles a misa; la Capilla de Santa Tecla y El Cristo, y conocido Papamoscas que toca las horas.

La entrada que se cobra para poder realizar la visita al monumento ronda los siete euros, un precio asequible, que además se ve reducido para los niños, los estudiantes y los jubilados. Da la impresión de que a los burgaleses no les parece lo suficientemente barato, o bien no se han enterado de que los martes por la tarde de 16.30h a 18.30h la entrada es gratuita, o eso quiero imaginarme, porque la otra opción es pensar que no tienen ningún interés en visitar la Catedral que da fama a su ciudad, cuando deberían pegarse por contemplar tal ejemplar gótico. Esto no lo digo yo, lo afirman las estadísticas del 2012 publicadas en el Diario de Burgos, donde se recoge que de una media de 350.000 visitantes al año, el 88% son extranjeros.

Esto no es lo más preocupante, al fin y al cabo tan solo son números. Lo preocupante es salir a la calle y preguntar a un vecino, un burgalés “de pura cepa”, o un transeúnte cualquiera por la Capilla de los Condestables, el nombre de la gran escalera o quién construyó el cimborrio, y no obtener respuesta.

¿Quién es el burgalés y quién el extranjero cuando no sabemos responder a cuestiones del monumento que nos da nombre? ¿A caso no sería una vergüenza que nos preguntasen nuestro nombre y no supiéramos contestar? La Catedral de Burgos es nuestra historia y nuestro recuerdo, nuestros apellidos y nuestro nombre.

Una sociedad se define por su lengua, sus tradiciones, su cultura y su arte. ¿Es Burgos una sociedad que no se conoce a sí misma? Que se levante Doña Mencía, el condestable de Castilla o el Cid Campeador si hace falta, pero que se levante alguien y cambie esto, que si seguimos así, lo único que nos quedará de burgaleses será el suelo que pisamos y la morcilla que comemos.

¿Qué es lo que está pasando para que conozcamos mejor el Empire State Building, la Torre Eifel o el Big Ben antes que nuestra propia Catedral? ¿Es culpa del precio o del poco interés por el arte? ¿Es culpa nuestra o es que… ? Es que nada, está claro que la culpa es nuestra y no hay discusión.

Todos los problemas tienen una solución, y este caso no es menos. Es hora de concienciarse y entender que sentados no se avanza. Como dice la letra de la canción Man in the mirror: “si quieres hacer del mundo un lugar mejor, échate un vistazo a ti mismo y cambia” (Michael Jackson). Si te consideras burgalés, demuéstralo, empieza contigo mismo.

Mariola Trigo López

viernes, 22 de mayo de 2015

El arte necesita mimos para no llorar

No importa si se habla de la Catedral de Burgos o de un verso de Neruda, de una escultura de Miguel Ángel, una sinfonía de Bach o una pincelada de William Turner, si es arte, necesita mimos. Muchas son las obras que dieron a luz nuestros antepasados y que aún siguen vivas, pero ¿de cuántas se conoce su nombre o el de sus padres?¿A cuántas se ha dado de comer y cuántas han alimentado?

Al entrar en la Catedral de Burgos por la puerta del Sarmental, lo primero que aparece es una taquilla para comprar la entrada. Primer mimito, el dinero. Si es gratis, puede que acudan más personas, pero si se establece un precio, los interesados son visitantes asegurados (si el precio no es estratosférico, claro), y además se le asigna un valor a la visita que puede crear interés en quién no lo tenía. Esto parece una bobada, pero el propio marketing funciona así; cuando un producto va a salir al mercado, el precio que le ponen no es bajo, al contrario, suele ser como el de su competencia o algo superior, para así hacer ver al cliente que es un producto de “valor”.

“Prohibido el uso de flash” es lo primero que se lee con la entrada ya en la mano y pisando suelo de pago. En este momento, nada más ver ese cartel, es cuando los turistas deciden sacar su cámara y demostrar sus dotes de fotógrafo profesional capaz de tomar imágenes maravillosas sin necesidad de ese flash “prohibido”. Tras cuatro, cinco, e incluso hasta seis fotos, descubren que esas figuras, luces borrosas o espíritus extraños que ven en la pantalla de su máquina no se parecen en nada a la Escalera Dorada que tienen delante. Segundo mimito, abrir bien los ojos. Puede que se hayan dado cuenta de que no valen para la fotografía, o que cuando se acaben las vacaciones no podrán volver a contemplar los órganos de la catedral burgalesa, el Papamoscas o el coro, pero también se habrán dado cuenta de que tendrán que hacer un esfuerzo por prestar toda la atención posible y dejar que sus ojos se deleiten con lo que tienen delante en ese instante, ya que si no, no tendrán otra oportunidad para aprovecharlo.

¿Qué será eso de allí? Y la duda les empieza a corroer por dentro. Lo están viendo, pero de repente les ha surgido de la nada un interés que ni ellos mismos se esperaban. ¿Quién está enterrado aquí?¿Cuántos años tendrá eso? No, está claro que no pueden seguir avanzando la visita y descubriendo mil dudas nuevas sobre las mil cosas que les quedan aún por ver. Deciden retroceder a la entrada en busca de algún panfleto informativo o cualquier cosa capaz de saciar su intriga. Tercer mimito, la información. Adioguías, personas guía, carteles, papeles explicativos… en ocasiones estos resultan excesivos y aburridos, pero todo cambia si el interés es conocer lo que intrigaba. Lo que mejor se recuerda es aquello causado por el interés propio. Además, se agradece, a diferencia de otras visitas, que en el precio de la entrada esté icluida la audioguía, es de gran ayuda.

Dinero, abrir los ojos e informarse, los tres mimos para que no llore el arte.