martes, 26 de mayo de 2015

Ladrando de arte

Perro a los pies de Doña Mencía (sepulcro de los Condestables)
¡Guau, no sabéis que vistas tengo desde aquí! Llevo un montón de años en este sitio tumbado, pero la verdad es que no me canso de contemplar tanto arte. Si no recuerdo mal llevo 523 años aquí junto a mis amos, ellos,  D. Pedro Fernández de Velasco y su esposa Dña. Mencía de Mendoza, me ignoran un poco, no son muy habladores, pero a mí con las vistas me sobra. Tan solo estoy aquí para mostrar la fidelidad de ella a él, pero no me quejo, el lugar es como un paraíso, no lo cambiaría por nada.

No os engañéis, también echo de menos mi otra vida, pero esa nunca la recuperaré. Yo tan solo era una matita de pelo con cuatro patas que casi no se separaban del suelo, cuando vivíamos los tres en el Castillo de los Velasco, en Medina de Pomar, lo que ahora conocéis como “el Alcázar de los Condestables de Castilla”. Allí pasé mis tiempos de cachorro, aunque a decir verdad, donde más disfruté fue en la finca de recreo, Casa La Vega, nunca llegamos a vivir allí, pero pasé los mejores momentos acompañando a mi amo a ir de caza. Aquello era muy especial para mí, ya que él casi nunca estaba por casa. No sé a quién se le ocurrió la genial idea de derrumbarla en 2003, pero os aseguro que mentiría si dijese que no le guardo rencor. Cuando ya empezaban a salirme la primera canas, nos mudamos a la Casa del Cordón, cuya construcción fue encargada por Pedro a Juan de Colonia, el cual se ayudó de su hijo Simón. Aunque fuera nuestra, esta casa siempre estaba disponible para el rey cuando la necesitase. No quiero aburriros con mi vida, pero ¿no os resulta interesante saber que los Colonia construyeron tanto mi hogar como parte de la Capilla donde nos encontramos ahora? 

Sepulcro de los Condestables
Dejadme que os cuente el principio de esto, que por aquí pasan muchos turistas pero poco les importan mis ladridos para sus fotos. El primer recuerdo que conservo de mi vida aquí dentro, es el día en el que me trajeron. Fallecida mi dueña allá por el año 1500, ocho años después que mi amo, que en paz descansen los dos, ya habían terminado de construir gran parte de este Sancta Sactorum en la catedral, ¡e incluso de esculpirles! qué barbaridad, ¿no creéis? Doña Mencía pudo verse retratada en mármol y saber cómo la veríais todos como hacéis ahora. Puede que Juan de Lugano fuera un gran escultor, no lo niego, pero mis amos no llevaban esas pintas tan estrambóticas en vida, los ropajes que les ha puesto parecen más influenciados por el interés del nieto de mi dueño (que fue quién lo encargó), que por la apariencia que realmente tenían. Pero bueno, yo soy el último que debería quejarse de eso, no hay mejor cama que el pomposo manto de mi ama, y además, mientras yo guarde el recuerdo de cómo eran y vestían, el resto no importa, además, imagino que les vistieron así para que pudierais haceros a la idea del estatus que tenían en su época.

Me estoy yendo totalmente por las ramas, lo siento, no estoy muy acostumbrado a que me presten tanta atención, al fin y al cabo, soy lo menos impresionante de esta capilla. Volviendo a donde me quedé, el día que me trajeron aquí, la sensación de chucho insignificante no podría ser mayor. Todo parecía enorme a mis sentidos, silencio sepulcral, intenso aroma a incienso… y ante mis pequeños ojos, la inmensa portada de la Capilla. He de reconocer que en un primer momento me asusté, los tenantes que sujetaban el escudo de los Condestables fue lo único que me tranquilizó al ser más familiar, pero el resto, esas rejas imponentes decoradas con frisos, las columnas de alta basa y aquellos salvajes sosteniendo otros escudos… todo el conjunto tan solo parecía el gran candado de mi libertad. Eso sí, todo hay que decirlo, por aquel momento yo aún era un ingrato redomado incapaz de valorar tanto y tan bueno, ahora mismo estar en este lugar no es antónimo de mi libertad. Hoy soy incapaz de  culpar a Cristóbal de Andino por construir semejante puerta, que no pretende significar otra cosa más que grandiosidad de lo que encierra dentro, a grandes tesoros, grandes cofres.

Escena principal del Altar Mayor (Capilla Condestables)
Calvario sobre el Altar Mayor (Capilla Condestables)
Una vez dentro de la Capilla, no pude controlar mi mirada, mis ojos no respondían, se posaron directamente sobre el Altar Mayor. Maaaadre mía, no sé si a vosotros os ha pasado lo mismo al verlo por primera vez, pero lo que se cruzó por mi mente en aquel momento fue un pensamiento que trataba de convencerme a mí mismo de que aquello estaba hecho con manos humanas. Nunca he estado en el cielo, pero si hubiera arte allí arriba, este altar sin duda pertenecería a las nubes. Si alguien menosprecia el valor artístico de Vigarny, Diego de Siloé o el pintor León Picardo, que venga a ver esto y lo repita. Lo primero que me cautivó fueron las escenas que representaban esas figuras hermosas. Contemplé durante un largo rato La purificación de la Virgen y Presentación de Jesús, los minutos y las horas parecían insuficientes para dejar de asombrarse ante tanta belleza. Cuando di por terminado el vistazo de esa escena principal del altar, que en absoluto lo estaba, antes que los tres pasos de la pasión; el Cristo atado a la columna, el Jesús con la cruz a cuestas o la figura del de la Iglesia Cristiana, mi mirada se vio encaprichada de mirar más alto, topándose con el Calvario. Cristo sangrante y desnudo en primer plano, a sus lados los dos ladrones y detrás de estos, un precioso fondo con un predominante azul que junto con la perspectiva creada por el arco de decoración angrelada, parecía que aquella parte realmente estaba viva y casi  hasta se escapaba de allí. En mi idioma solo puedo decir “guau”, y creo que lo describe bastante bien.

Bóveda calada (Capilla Condestables)
Os veo muy atentos, yo podría pasarme la vida explicando todo esto y no me aburriría. ¿Veis eso de ahí arriba? Es la primera bóveda de plementería calada construida dentro del gótico. Y sí, he dicho primera, nunca antes se había conseguido incluir tal cantidad de vidrio en una bóveda sin que se cayese, y además no hay ninguna columna que sujete la estructura, todo esto es un enooorme espacio abierto. Bueno, yo lo sé porque llevo muchos años viviendo aquí, pero quizás vosotros no entendéis de qué os estoy hablando. Hablo de ese “techo” tan maravilloso, que gracias a sus características que permite el paso de la luz, puedo saber si es de día, de noche o si está nublado, es genial, sobretodo porque nunca estoy a oscuras. No sé si habréis entrado alguna vez aquí en verano, cuando el sol está alto y sus rayos se cuelan entre la bóveda y las vidrieras, es impresionante, es lo único que me hace sentir algo más libre aquí dentro, crea la sensación de estar fuera y no ser un sitio cerrado. Creo que si algún día vuelvo a ver a Simón de Colonia, es lo primero que le agradecería de su obra. Y las vidrieras… ¡qué vidrieras!, rojos, azules, verdes… y ¡hasta amarillo! ya me contaréis cuantas vidrieras habéis visto con ese color, tiene unos tonos que dan vida a este espacio, qué maravilla, no se cansa uno de mirarlos. 

Figura del Retablo de Santa Ana
Mirar hacia arriba también tiene sus inconvenientes, que el cuello se me cansa, y lo que tengo alrededor también merece la pena ser contemplado. No os voy a mentir, los dos retablos, el de San Pedro y el de Santa Ana no me llamaron tanto la atención como lo hizo el Altar Mayor, pero no por ello he de quitarles importancia, ¿qué perro sería yo si no os ladrara también de ellos? Uno que lleva casi toda su vida aquí dentro no, desde luego. Ahora mismo, sin alardear demasiado, me siento como el mejor guía turístico para esta Capilla, y si no soy el mejor, al menos sí seré el único de mi especie. Bueno, a lo que iba, el Altar de Santa Ana, también llamado “de la Quinta Angustia”, se encuentra allí, un poco escondido, situado en el muro de la Epístola. Este, como veis, está dividido en tres cuerpos. Podemos ver ángeles femeninos, que por cierto no soy muy comunes de ver y a mí me encantan, y algunas otras estatuas como María Magdalena y Santa Marina, hay otra que nunca supe quién es, pero espero que algún día alguien sea capaz de matar mi intriga y lo descubra. Todo esto es obra de Gil de Siloé. Bueno no, ¿qué ladro?, desgraciadamente este murió sin poder acabarlo, y entonces su hijo Diego lo terminó en su lugar. Nunca dejarán de maravillarme este tipo de trabajos artísticos que se completan entre padres e hijos, tanto el suyo como el de Simón y Juan de Colonia, realmente se puede decir que el arte lo aprendieron de sus padres.

El Altar de San Pedro en el muro del Evangelio, al igual que el Altar Mayor, es trabajo de Felipe de Vigarny y Diego de Siloé, acompañados de la pintura de León Picardo. La paciencia que debieron de tener para hacer todo esto debió de ser impresionante. De esta obra, pese a no ser mi favorita, lo que más me gustó, y me sigue gustando, fueron las columnas dóricas y jónicas que sostienen la estructura. Aunque también he de añadir que es cierto que cada figura es un mundo, están hechas al detalle y se puede percibir a la perfección desde las arrugas de las ropas hasta las expresiones faciales. Son figuras idealizadas que se acercan mucho a la realidad, pero tampoco son plenamente fieles, eso sí, no son estatuas rígidas, estas podría decirse que “posan” para el escultor, son sus posturas las que las acercan más a la realidad.

Madera, la poca madera que se puede ver se encuentra en el coro y el órgano que se sitúa encima de este. No es de lo más destacado de este sitio, pero es curioso, porque durante los años en los que se decía misa aquí, la capilla se encontraba llena de bancos, y siempre los asientos y respaldos de la sillería del coro, eran los favoritos para sentarse de todo niño que entrase, los hermanos hasta se peleaban por conseguir uno de esos asientos taraceados de boj. No sé qué obsesión tenían con ellos, a mí nunca me parecieron cómodos, como ya os he dicho, lo mejor es este manto en el que estoy, nadie puede quitármelo y tengo las mejores vistas de todo el lugar.

No tratéis de ocultármelo, huelo vuestro aburrimiento, y os entiendo perfectamente, no sé como no me habéis puesto un bozal. Dejad de escucharme y mirarme a mí, ¡abrid los ojos y mirad a vuestro alrededor!

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