La famosa Catedral de Burgos
estuvo abierta a todo el público hasta el año 2002 donde cerró su puerta
principal abriéndola solo con entrada de pago. Este cambio provocó una división
dentro del monumento histórico, el cual, queda ahora separado en dos, la parte
“gratuita y de culto”, donde se encuentran las dos capillas a las que acuden
los fieles a misa; la Capilla de Santa Tecla y El Cristo, y conocido Papamoscas
que toca las horas.
La entrada que se cobra para
poder realizar la visita al monumento ronda los siete euros, un precio
asequible, que además se ve reducido para los niños, los estudiantes y los
jubilados. Da la impresión de que a los burgaleses no les parece lo
suficientemente barato, o bien no se han enterado de que los martes por la
tarde de 16.30h a 18.30h la entrada es gratuita, o eso quiero imaginarme, porque
la otra opción es pensar que no tienen ningún interés en visitar la Catedral
que da fama a su ciudad, cuando deberían pegarse por contemplar tal ejemplar
gótico. Esto no lo digo yo, lo afirman las estadísticas del 2012 publicadas en
el Diario de Burgos, donde se recoge
que de una media de 350.000 visitantes al año, el 88% son extranjeros.
Esto no es lo más preocupante, al
fin y al cabo tan solo son números. Lo preocupante es salir a la calle y
preguntar a un vecino, un burgalés “de pura cepa”, o un transeúnte cualquiera
por la Capilla de los Condestables, el nombre de la gran escalera o quién
construyó el cimborrio, y no obtener respuesta.
¿Quién es el burgalés y quién el
extranjero cuando no sabemos responder a cuestiones del monumento que nos da
nombre? ¿A caso no sería una vergüenza que nos preguntasen nuestro nombre y no
supiéramos contestar? La Catedral de Burgos es nuestra historia y nuestro
recuerdo, nuestros apellidos y nuestro nombre.
Una sociedad se define por su
lengua, sus tradiciones, su cultura y su arte. ¿Es Burgos una sociedad que no
se conoce a sí misma? Que se levante Doña Mencía, el
condestable de Castilla o el Cid Campeador si hace falta, pero que se levante
alguien y cambie esto, que si seguimos así, lo único que nos quedará de burgaleses
será el suelo que pisamos y la morcilla que comemos.
¿Qué es lo que está pasando para
que conozcamos mejor el Empire State Building, la Torre Eifel o el Big Ben
antes que nuestra propia Catedral? ¿Es culpa del precio o del poco interés por
el arte? ¿Es culpa nuestra o es que… ? Es que nada, está claro que la culpa es
nuestra y no hay discusión.
Mariola Trigo López
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