No
importa si se habla de la Catedral de Burgos o de un verso de Neruda, de una
escultura de Miguel Ángel, una sinfonía de Bach o una pincelada de William
Turner, si es arte, necesita mimos. Muchas son las obras que dieron a luz
nuestros antepasados y que aún siguen vivas, pero ¿de cuántas se conoce su
nombre o el de sus padres?¿A cuántas se ha dado de comer y cuántas han
alimentado?
Al
entrar en la Catedral de Burgos por la puerta del Sarmental, lo primero que
aparece es una taquilla para comprar la entrada. Primer mimito, el dinero. Si
es gratis, puede que acudan más personas, pero si se establece un precio, los
interesados son visitantes asegurados (si el precio no es estratosférico,
claro), y además se le asigna un valor a la visita que puede crear interés en
quién no lo tenía. Esto parece una bobada, pero el propio marketing funciona
así; cuando un producto va a salir al mercado, el precio que le ponen no es
bajo, al contrario, suele ser como el de su competencia o algo superior, para
así hacer ver al cliente que es un producto de “valor”.
“Prohibido
el uso de flash” es lo primero que se lee con la entrada ya en la mano y
pisando suelo de pago. En este momento, nada más ver ese cartel, es cuando los
turistas deciden sacar su cámara y demostrar sus dotes de fotógrafo profesional
capaz de tomar imágenes maravillosas sin necesidad de ese flash “prohibido”.
Tras cuatro, cinco, e incluso hasta seis fotos, descubren que esas figuras,
luces borrosas o espíritus extraños que ven en la pantalla de su máquina no se
parecen en nada a la Escalera Dorada que tienen delante. Segundo mimito, abrir
bien los ojos. Puede que se hayan dado cuenta de que no valen para la
fotografía, o que cuando se acaben las vacaciones no podrán volver a contemplar
los órganos de la catedral burgalesa, el Papamoscas o el coro, pero también se
habrán dado cuenta de que tendrán que hacer un esfuerzo por prestar toda la
atención posible y dejar que sus ojos se deleiten con lo que tienen delante en
ese instante, ya que si no, no tendrán otra oportunidad para aprovecharlo.
¿Qué
será eso de allí? Y la duda les empieza a corroer por dentro. Lo están viendo,
pero de repente les ha surgido de la nada un interés que ni ellos mismos se esperaban.
¿Quién está enterrado aquí?¿Cuántos años tendrá eso? No, está claro que no
pueden seguir avanzando la visita y descubriendo mil dudas nuevas sobre las mil
cosas que les quedan aún por ver. Deciden retroceder a la entrada en busca de
algún panfleto informativo o cualquier cosa capaz de saciar su intriga. Tercer
mimito, la información. Adioguías, personas guía, carteles, papeles
explicativos… en ocasiones estos resultan excesivos y aburridos, pero todo
cambia si el interés es conocer lo que intrigaba. Lo que mejor se recuerda es
aquello causado por el interés propio. Además, se agradece, a diferencia de otras
visitas, que en el precio de la entrada esté icluida la audioguía, es de gran
ayuda.
Dinero, abrir los ojos e informarse, los tres
mimos para que no llore el arte.
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